martes, 31 de enero de 2017

Sobre limites e infiltraciones. Relaciones entre ciudad y territorio, por Miguel del Rey*

Cuando la familia Benlloch cierra su actividad y su manera de vivir, por derribo de sus alquerías en la huerta de Patraix, hemos perdido más que unas casas, hemos perdido un paisaje estructurado desde un sistema de producción agraria, construido a lo largo de siglos y que ha modelado el territorio.

Un paisaje producto de la superposición de capas de historia y de cultura, hoy en proceso de transformación acelerada, y quizás también hacia horizontes de bienestar material, podríamos decir casi irrenunciables, pero no incompatible con nuestra identidad ni nuestra memoria. Precisamente sociedades como la nuestra, con un nivel de vida y de cultura determinados, son aquellas que se pueden permitir compatibilizar desarrollo e identidad, transformación y permanencia. Solo la miseria es razón para aferrarse a la supervivencia perdiendo el carácter y la cultura almacenada en siglos de esfuerzo colectivo.

Para huir de esa miseria que observamos en los procesos de crecimiento de nuestra ciudad, hemos de cambiar y procurar nuevos sistemas estructurantes que acaben con aquel dilema antagónico entre ciudad y territorio. En particular cuando se trata de colmatar el suelo en sus bordes, de absorciones de bolsas de huerta englobadas en la propia metrópoli, o de la construcción de barrios o colonias que expanden la ciudad con determinada “ideología” urbana, como la poco afortunada “Sociopolis”.



S Fehn-Museo en Hamar

La construcción de la ciudad, en este caso de la metrópolis valenciana, que por determinados imperativos se está desarrollando sobre un territorio de gran valor cultural, tiene la suerte y la desgracia de ser realizada por una sociedad como la nuestra; una sociedad acelerada, manirrota, descompensada entre los intereses privados y los públicos, pero capaz por sus medios económicos, técnicos y materiales de resolver de manera más ajustada un proceso que se ha ido ya de las manos, pero que en cualquier caso siempre podremos reconducir parcialmente si entendemos que nuestra intervención se realiza sobre un territorio ya construido, y en dicha intervención definir formas que permitan la lectura del pasado en un mundo con perspectiva de futuro. Hemos de dejar aparte la soberbia contemporánea y entender nuestro momento histórico como un episodio acotado en una larga trayectoria; pero un episodio, que por su intensidad y amplitud, es capaz de borrar las huellas de todo aquello que ha hecho que lleguemos donde estamos, incluso que hemos sido en Europa uno de los paisajes físicos y humanos más atractivos en la relación ciudad y territorio. Continuar con este proceso depredador puede llevarnos a perder nuestra identidad, y que nos convirtamos en una ciudad potente, grande, pero impersonal: sustituible en el fondo

Quizás nuestros políticos deban buscar consejo lejos de ciertas asociaciones de agentes urbanizadores que siguen poniéndose la venda en los ojos para no percibir lo que es un clamor: la crisis de nuestros paisajes, la crisis no solo en la forma de nuestro territorio, la crisis de los sistemas de producción agraria que han generado unos paisajes y un medio físico y humano envidiable, todo ello por un desequilibrio circunstancial sobre el cual insisten estas personas, solo para aumentar sus ya escandalosos beneficios. Crisis que puede afectar además a amplios sectores económicos de nuestra sociedad y nos puede llevar a una situación de insostenibilidad económica y social de un modelo ya experimentado en otras sociedades que pasaron anteriormente este sarampión.

Una ciudad como la nuestra, con el potencial humano, económico y paisajístico que tiene, no se merece la vulgaridad. Creo que aún es capaz de reaccionar y buscar por senderos fecundos las posibilidades de crecer de manera civilizada, de configurarse como lo que puede ser, una gran metrópoli en un lugar envidiable. Compaginando crecimiento, transformación y permanencia, lo cual no solo debe ser una vocación ciudadana, sino una meta de nuestras eficaces empresas constructoras y urbanizadoras, a la cual deban aplicar sus buenos medios técnicos, que los tienen, y a través de su actividad sacar un adecuado beneficio económico y generar empleo.


A y P  Smithson- Fonthill-Planta general

Quizás los modelos de crecimiento han de revisarse. La planificación fecunda aprobarse; frente a tanta ley paisajística, mejor sería aprobar Planes de Acción Territorial técnicamente bien resueltos y por lo tanto con visión histórica y de futuro. Entender que muchas de nuestras ciudades tiene unos límites difusos que hacen que el concepto metropolitano prive sobre el municipal, cuestión que los políticos debieran abordar sin más dilación y sin miradas localistas. Pero ante todo prever sistemas formales de crecimiento que permitan el juego suficiente para saber valorar en cada momento cual es la ley más atractiva en cada caso, sin dar por supuesto que la ley de lo “urbano” es más atractiva que la ley del propio territorio donde se inserta. Procurando siempre dar valor a la ley de la tierra frente a la ley del suelo.

Frente a modelos repetitivos y en gran parte caducos que definen las periferias, quizás sería más atractivo trabajar con sistemas de infiltración entre ciudad y territorio, o incluso al revés, del territorio en la ciudad, sin condiciones previas, buscando la mejor arquitectura en un diálogo fecundo entre lugar, necesidad y tecnología. Infiltraciones espaciales y arquitectónicas que siguieran las líneas del territorio, se adecuaran a la topografía y a la geometría de la parcelación agraria como sistema estructurante del propio territorio, allí donde este sistema es más potente y atractivo que el generado desde la propia ciudad. Estas infiltraciones tendrían en consideración caminos históricos, líneas de acequias, barrancos y perfiles del paisaje. Propuestas que permitan compaginar lógica urbana con lógica rural, en una simbiosis donde ambos sistema salgan beneficiados.

Estos sistemas de infiltración entre ciudad y territorio, pero sobre todo la valoración de nuestro patrimonio, hubieran tenido en consideración valorar parte de nuestra cultura rural en un diálogo fecundo con la ciudad, como pudiera ser en el caso de Patraix conservar y valorar la esplendida alquería dels Frares, tan solicitada su restauración por el vecindario de uno de los barrios más poco dotados de elementos singulares y dotacionales.

Una nueva manera de entender las relaciones entre ciudad y territorio, permitiría que la familia Benlloch, como las muchas familias Benlloch de Alboraia, de Foyos, de Torrent, de Paterna, de La Torre, pudieran conservar sus sistemas productivos en una estructura metropolitana que compagine bolsas agrarias, que permita sistemas de infiltración entre lo rural y lo urbano. Es posible, solo hay que cambiar el chip, buscar buenos profesionales, intentarlo y sobre todo hacer oídos sordos a determinados consejos e intereses. Aunque quizás hay otra solución..... llamar a Al Gore para que venga y nos lo diga. Su visita puede tener un valor mediático, los santos de lejos hacen más milagros.

 *Miguel del Rey es arquitecto y

 catedrático de Universidad

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